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Mis amigos jubilados

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Replicamos aquí un artículo de Pedro G. Cuartango publicado en El Mundo

He aprovechado estos días para llamar a los viejos amigos, a compañeros de curso y a personas con las que compartí mi adolescencia y juventud. No me ha sorprendido la viveza con la que recuerdan el pasado lejano ni la fuerza de los vínculos que mantenemos, aunque el contacto sea escaso. Pero hay una constatación que me ha dejado desolado: todos ellos están jubilados.

No hay ni uno solo de ellos que sobrepase los 61 años que esté en activo. Mi amigo Román, que era jefe de un laboratorio farmacéutico, se ha retirado hace dos meses. Es un ejemplo de esta imparable tendencia que existe en las empresas de prescindir de las personas con mayor experiencia para sustituirlas por empleados mucho más jóvenes y con menor salario.

Este fenómeno plantea, en primer lugar, un interrogante sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones que, en el futuro, no podrá soportar el crecimiento exponencial del número de jubilados. En 1975, había en España 3,5 millones y hoy la cifra se acerca ya a los 10 millones. Y ello con una población ocupada no mucho más alta que la de hace 40 años.

Es obvio que es casi imposible mantener el actual nivel de las prestaciones con el acortamiento de la vida laboral y el alargamiento de las expectativas de supervivencia, lo que provoca un desequilibrio insostenible.

Pero, siendo importante la viabilidad financiera del sistema, me parece todavía más relevante el desprecio que existe en la empresa privada a las capacidades de los profesionales que superan los 50 años, como si a partir de esa edad fueran inútiles para trabajar.

Una sociedad que desprecia la experiencia se está suicidando al expulsar el saber acumulado del sistema productivo, además de generar un problema con los millones de ociosos que encuentran vacía su existencia al no poder ser útiles en plena etapa de madurez intelectual.

En las civilizaciones arcaicas, los consejos de los ancianos eran una guía para los jóvenes y una referencia indispensable en las tareas de gobierno. Hoy cualquier imberbe que maneja las redes sociales se cree mucho más listo que una persona que le triplica en edad y en experiencia.

El culto a la juventud es una de las causas del entontecimiento generalizado que impregna nuestra forma de vivir, cada vez más basada en un consumismo exacerbado en el que el afán de poseer es mucho más importante que el ser.

La vida se ha vuelto fragmentaria, volátil. Los jóvenes quieren conquistar de golpe lo que a nuestra generación le costó tanto esfuerzo alcanzar. Y los modelos de éxito que nos transmiten los medios siempre están ligados al dinero y el poder y jamás al saber.

Nuestra sociedad admira mucho más a una estrella de fútbol que a un investigador pionero en la lucha contra el cáncer, que puede cobrar un salario cien veces menor que un astro del balón.

Lo peor es que cualquiera que se atreva a escribir estas cosas de sentido común será tachado de atrabiliario, antiguo y reaccionario porque la voz de la razón ha sido tapada por el ruido de la banalidad y la estulticia.

Prescindir de la gente más capacitada y con una mayor comprensión de la vida es un grave error, que tendrá en el futuro un elevado coste económico y moral. Tirar a la basura a toda una generación es un acto de inconsciencia y de estupidez. Ya decía el historiador griego Tucídides que los hombres son básicamente iguales salvo en una cosa que marca la diferencia: la experiencia. Tenerla es hoy un serio inconveniente.

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